Cuarto continente - Prólogo

 

PRÓLOGO

La vista desde el ventanal de la torre más endemoniadamente alta de la capital era, como de costumbre, un muro de gris absoluto. Era irónico: incluso a esa altitud, el aire sabía a metal y ceniza. Los rayos de algún sol lejano luchaban por atravesar la espesa sopa de gases tóxicos que asfixiaba la ciudad.

Lloverá ácido antes de que termine el turno, pensó Dunkam.

A lo lejos, las balizas rúnicas parpadeaban en rojo entre la bruma. Eran lo único que evitaba que los vehículos aéreos se estamparan contra los altos edificios en un caos de chatarra y cristales si algún piloto descuidado bajaba la guardia.

—Parece que te estamos aburriendo, Dunkam. Quizás tenías planes mejores —la voz de su abuelo, profunda y seca como la madera vieja, lo sacó de su trance.

—Lo siento, es que llevamos meses revisando este mapa. ¿Qué más hay que saber? ¿De qué más hay que hablar? —Dunkam respondió desde su lugar en la mesa fría de granito y metal. En el centro, un mapa proyectado por luz mágica mostraba los cuatro continentes—. Estamos perdiendo el tiempo.

—Tu insolencia me sorprendería si no te conociera —respondió el Rey con voz suave, un desagrado evidente y una mirada calculadora—. Tu tiempo no vale más que el de todos aquí.

Había veinte generales en la mesa, pero a Dunkam no parecía importarle.

—Créeme, el mío lo vale —susurró con un rictus de amargura, sin importarle que lo escucharan, su tiempo estaba contado.

—Fuera todos… Menos tú, Dunkam.

El Rey se puso en pie, dándole la espalda al ventanal. Su expresión era un augurio de tormenta que vaticinaba que alguien moriría hoy si no desalojaban la sala.

—¡Padre! —exclamó Drandom, sentado a su izquierda. Miró a su hijo con un odio que casi quemaba.

La sala, que hasta ahora solo estaba iluminada por el resplandor azulado del mapa, se inundó de luz blanca tras un chasquido de dedos del monarca. Un pulso rúnico recorrió las lámparas del techo.

—He dicho que se larguen todos.

Los generales se levantaron entre quejas sordas. El clac-clac de las botas golpeando el mármol negro rumbó en la estancia mientras abandonaban la sala. En cuanto la pesada puerta de metal y madera se cerró, Drandom explotó.

—¿Qué mierdas crees que haces hablándole así al Rey? —se puso en pie y rodeó la mesa con un fuego de odio en la mirada, pero la voz del monarca lo detuvo en seco antes de que pudiera acercarse a su hijo.

—No recuerdo haberte dicho que te quedaras, Drandom. He dicho que se largaran todos.

—Padre… te ha hablado sin respeto frente a todos...

El Rey alzó una mano, silenciándolo.

—Tú lo educaste así. No me hagas perder la paciencia. Sal ahora mismo. Ya hablaremos después de cómo se educa correctamente a un hijo. Evidentemente yo también he fallado… ¿Aún sigues aquí?

— Padre, — susurró Drandom con amargura y odio.

El Rey volvió a mirar hacia el ventanal mientras la luz de la sala volvía a una tenue ambientación. Drandom fulminó a su hijo con la mirada. Dunkam seguía hundido en su silla, relajado, con la mejilla apoyada en el puño y el cabello negro alborotado. Llevaba el uniforme de la guardia desordenado, con la pistola al cinto y las botas negras lustradas (al menos una de ellas). Tenía una pierna apoyada en la rodilla y con la otra balanceaba la silla de arriba abajo, en un chirrido rítmico y exasperante.

—Ya hablaremos de esto —masculló Drandom apretando los dientes, haciendo que la puerta retumbara al cerrarse con más estrépito del necesario.

—Nos vemos en la cena —soltó Dunkam con un suspiro de fastidio antes de que el portazo terminara de sonar.

Cuando el silencio solo era interrumpido por el zumbido sutil de la máquina purificadora de aire en el techo de la enorme sala de reuniones, el Rey se giró.

—Siéntate bien, por lo menos. ¿Cómo va el tratamiento? —Su voz carecía de cualquier dulzura pero tenía un matiz de preocupación.

—Ya sabes cómo va. ¿Para qué repetirlo?

—Parece que quieres morir antes de tiempo, si sigues respondiéndome así y más frente a toda mi guardia —el Rey tomó asiento en la cabecera—. Sabes lo importante que es esta expedición y te lo tomas como un juego. No sé si la enfermedad ya está dañando tu inteligente cerebro.

—Lo que no está dañando es mi capacidad para retener información. Me sé la ruta de navegación al derecho y al revés. ¿Para qué mierdas tengo que estar aquí viendo cómo esos aduladores te lamen las botas? Mi tripulación y yo podríamos estar zarpando... yo diría que ayer.

Dunkam estaba exaltado; sus ojos de distintos colores brillaban con una intensidad febril.

—No dejaré que mi único nieto se lance solo con esa tripulación, si es que se le puede llamar así. Nadie de Crámora ha pisado ese continente en mil años tal vez más. Mis antepasados vivieron solo para morir buscando la ruta exacta.

—Es porque no estaba yo —sentenció Dunkam con arrogancia.

—Eres mi legado y el único en quien confío. Tu padre es un incompetente que ha fallado tanto que no recuerdo una sola victoria suya —el rey se masajeó las sienes—. Tenemos que hacer esto bien. Nuestro territorio se muere, despedazado ya no tenemos recursos naturales si la población se entera… La contaminación está ahogándonos. ¿De qué sirve que los dioses nos dieran, la inteligencia para crear, si nuestras tierras están enfermas?

—¿Los dioses? Ja.

— Viniendo de mi sonará hipócrita pero será mejor que no te rías de ellos o tomarán venganza y no será agradable de ver.

—¿Qué van a hacer? ¿Matarme? ¿Enfermarme? Pues ya lo tengo. No tengo tiempo que perder, y esperar a que un grupo de idiotas aprenda a memorizar un puto mapa que un niño de tres años entendería.

—Irás con la tripulación que yo diga y saldrás el día que yo ordene. ¿Quedó claro?

—Como ordene, mi Rey —Dunkam se levantó de la silla ruidosamente y caminó hacia la salida—. Pero mi tripulación viene conmigo. El navío es demasiado grande para compartirlo con idiotas que no saben hablar.

—Esa tripulación que llamas idiota encontró el tercer continente. Nos trajo fortuna y recursos. ¿A qué continente has llegado tú y tu dichosa tripulación?

Dunkam se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, un ornamento del más fino y costoso metal con detalles tan intrincados, que le tomaría a cualquier herrero experimentado meses de su vida. Rosas y enredaderas detalladas minuciosamente frías y relucientes, en Crámora se retrataba y se exhibía con lujo aquello que no se podía hallar ni ver tan fácilmente.

—Por lo que dicen los registros en la biblioteca, ese continente estaba en nuestro patio trasero, prácticamente. Esa tripulación no te traerá el cuarto. Ese por el cual nuestra familia ha dado la vida y ha escrito relatos.

—¿Y tú lo traerás?

—Sí.

Fue lo único que dijo antes de dar la espalda a su abuelo. Sabía que era la respuesta que el viejo quería, Dunkam estaba tan convencido que tal vez se estaba mintiendo a él mismo o su desesperación le nublaba el juicio un silencio corto como el de un suspiro se prolongó enfriando el ya frío ambiente de la sala.

—Prepara a tu gente, Dunkam. Zarpan en tres días. Y será mejor que vivas para contarlo.

Dunkam no se volvió, evitando que el Rey viera su sonrisa satisfecha.

—Te haré aún más rico, si es que eso es posible. Y viviré tantos años que le contaré esta historia a los nietos de mis nietos.

Al salir, el corredor era imponente: mármol negro con vetas doradas y paredes de metal con textura. Emily y Pash lo esperaban apoyados en el frío metal. Emily, con su cabello elegante y corto tan negro como la noche decorado con un simple pañuelo rojo y sus aros de oro en las orejas, tenía esa expresión afilada que nunca salia de ella. Pash, con sus lentes oscuros que lo protegían de la luz no dejaban ver su expresión combinaba con su vestimenta de la guardia oscura, simplemente permanecía en silencio.

—No sabía que ahora tenía guardias —saludó Dunkam.

—Has perdido el poco juicio que te quedaba, ¿verdad? —soltó Emily, con la voz fina como un cuchillo.

—Ya sabes cómo soy.

—Toma, idiota. A ver si con esto cierras la boca un rato —ella le tendió una máscara negra de purificación.

Dunkam se la ajustó. El clic de los filtros encajando le dio una sensación de alivio instantáneo mientras el aire limpio llenaba sus pulmones. Solo se la quitaba en las reuniones del consejo para no parecer débil.

—Si sigues hablándole así a tu abuelo, retrasará el viaje —insistió Emily mientras caminaban hacia el elevador.

—¿Eso crees? Yo que tú mejor me pondría a empacar. Nos vamos en tres días.

Dunkam no dejó espacio para el suspenso, a sus mejores amigos no podía guardarle secretos y menos uno como ese. Pash le dio un codazo con fuerza.

— Será mejor que no estés mintiendo, ella tiene dos armas cargadas —dijo con fastidio y una leve sonrisa.

—¿Está aprobado entonces? —preguntó Emily separándose de la pared y acercándose más a Dunkam—. El consejo ni siquiera escuchó todo el trayecto.

—¿Acaso es necesario que esos idiotas vean algo? —añadió Pash ladeando la cabeza.

—Mi querida Emily —Dunkam sonrió bajo la máscara—, empieza a empacar esta noche. Y no puedes llevar todas tus armas, corazón. Viajaremos ligero.

La sonrisa de Emily fue resplandeciente —Es una pena — sacó un diseño técnico detallado de una pistola de alto alcance tan letal y potente como ninguna otra que haya diseñado—. He diseñado a esta bebé.

—Impresionante —admitió Dunkam dándole un vistazo rápido al diseño que su amiga le había puesto al frente de las narices —. Si logras armarla en dos días, la llevas.

—No sabes lo que dices —intervino Pash con orgullo—. Diseñó eso en tres horas; la armará en mediodía. No me dejará dormir.

—Trato hecho —concluyó Emily.

Llegaron al elevador de alta velocidad que los haría bajar 110 pisos hasta el primer nivel de la calle y de esos había 60 niveles más. El metal brillaba bajo las lámparas rúnicas.

—Prepárense para la gloria —Dunkam los rodeó por el cuello con sus brazos—. Ahora, si me disculpan, iré a pedir una dotación de seis meses de medicina.

—¿Seis meses? ¿No es mejor pedir el doble? —la voz de Emily se llenó de una preocupación genuina.

—Cuando lleguemos al nuevo continente encontraré la cura. Es allá donde está la salida de esta mierda. Así que seis meses o moriré en el intento. ¿Qué tal?

Dunkam entró en el elevador.

—¿Cómo sabes que la cura está allá? Nadie ha llegado nunca, solo son rumores de un continente, con hierbas curativas y agua potable  —dijo Pash frente a él.

— No creo recordar la última vez que vi más de tres árboles reales, en el mismo lugar — Le siguió Emily

—Lo sé —fue lo único que dijo Dunkam, ocultando su preocupación tras su habitual máscara de aburrimiento—. Prepárense. Y entren ya, no me gusta hacer esperar a la dulce doctora Lydia. — Dijo Dukam zanjando la conversación 

—No le caes bien, ¿es que no lo entiendes? —Emily lo apartó del panel de control del elevador con un empujón.

—Por cierto, tengo todo listo para zarpar —añadió Pash de la nada.

—Me alegra saber que confías más en mí que yo mismo.

Emily rodó los ojos la lealtad de Pash era irritante. Pash se mantuvo serio, y tras el filtro de la máscara, Dunkam sonrió. En tres días, pondría a prueba sus nuevos inventos de navegación. Ese iba a ser su momento. Se salvaría encontraría la cura tenía que hacerlo y salvaría a todos los habitantes del Reino de Crámora.

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