Cuarto continente - Capítulo 1

 

CAPÍTULO 1

El bosque se extendía pantanoso y oscuro, tan pesado y húmedo como el aliento de un animal dormido. La escasa luz que lograba filtrarse a través del espeso techo de las copas de los árboles descendía en rayos pálidos, casi espectrales, que parecían succionar la vida de las plantas que iluminaban. En ese aire estancado, se podía ver la mota de polvo bailando, suspendida en un vals eterno, un olor raro se extendía en todo el bosque, ¿qué era? carbón, cenizas.

Lumi alzó su largo vestido, sintiendo el peso de la tela húmeda contra sus piernas, para conseguir correr más deprisa. Escapaba de algo invisible: una neblina espesa con olor a metal que lo consumía todo a su paso, lenta e implacable, avanzando con la fuerza silenciosa de una avalancha de dolor. La densa vegetación, con sus tallos espinosos y hojas carnosas, hacía que el camino fuera cada vez más difícil de recorrer. El agotamiento pesaba en sus huesos; con aquel vestido pomposo resultaba imposible seguir escapando mientras la neblina se apoderaba, palmo a palmo, del bosque. El sudor empapaba la frente de Lumi, pegando sus hermosos rizos a la piel. No podía seguir corriendo; no podía siquiera pensar en escapar de la negrura que amenazaba con comérselo todo.

De pronto, las raíces de los enormes árboles, gruesas y retorcidas como serpientes de madera, se alzaron como obstáculos imposibles de cruzar con un simple salto. El elegante y pesado vestido de Lumi finalmente se enganchó en la rama de un árbol ancestral que la sujetó con la fuerza de diez mil brazos imposibles de liberar. Lumi forcejeó, tiró de la tela, pateó y maldijo al árbol, pero la madera parecía cobrar vida, apoderándose de las capas del costoso tejido. La niebla, fría como el día más gélido del invierno, se abalanzó sobre ella como una roca pesada.

El grito de Lumi fue tan desgarrador y tétrico que pareció que sus cuerdas vocales jamás volverían a estar intactas. Entonces, densa y a la vez ligera, la neblina oscura y húmeda se la tragó, sujetándola con dedos largos y delgados, semejantes a las ramas de los árboles secos del sur. Desde el interior de esa penumbra, unos ojos dorados, profundos y penetrantes, dejaron de ver a Lumi para clavar su mirada directamente en Elyra.

Elyra despertó con un grito ahogado y el corazón golpeando frenético contra sus costillas.

¿Qué Infiernos había sido eso? El sueño se sentía tan físico que juraría notar todavía la tierra húmeda y fría pegada a sus pies descalzos. En su mente aún veía a su hermana escapando de una marea de neblina oscura que devoraba la luz. Tenía las manos y los pies empapados en un sudor gélido. Se deshizo de las sábanas que se le enredaban en las piernas como trampas y dejó caer los pies sobre el piso de madera; el contacto frío la ancló a la realidad.

La habitación seguía a oscuras. El sol aún no se atrevía a rozar el imponente Páramo para despertar a las criaturas que lo habitaban. De pronto, la puerta se abrió sin un solo crujido. Una silueta de melena plateada y alborotados rizos apareció bajo el umbral. Lumi se quedó ahí, observándola en silencio mientras Elyra permanecía sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en la ventana.

—Otra pesadilla, ¿verdad? —preguntó Lumi. Su voz era suave, cargada con el peso de un día agotador que no parecía haber terminado.

—Eso parece —respondió Elyra. Estaba harta. Harta de que sus sueños fueran tan nítidos y de despertar siempre con una precisión mecánica justo antes del amanecer, sin importar lo muerta que estuviera al acostarse.

Lumi dudó un segundo, pero terminó sentándose con su gracia natural junto a ella. Se quedaron en silencio, viendo cómo la bruma de la madrugada empezaba a ceder ante la calidez de un sol que entraba sin permiso, iluminando los picos congelados de las montañas del norte. Lumi se dejó caer sobre el colchón aún caliente, apoyó las manos en su vientre y clavó la vista en las vigas del techo.

—Si necesitas hablar, te escucho —dijo Lumi, contando las vetas de la madera.

Uno

Dos

Tres

Elyra ya se lo había contado todo: la ropa extraña que llevaba en el sueño, los detalles de ese bosque donde corría por su vida, la sensación de persecución. No tenía lógica. Que los sueños hubieran empezado de un día para otro era lo más inquietante. Había devorado libros buscando respuestas, pero las páginas no decían nada. Incluso Kyra, su hermana mayor, había preparado infusiones de hierbas rarísimas desde el primer día para forzar el descanso, pero el sueño seguía ahí, intacto, hablándole.

Al desviar la vista del paisaje, Elyra notó que Lumi se había quedado dormida de nuevo.

—Increíble —susurró.

No había mucho más que sus hermanas pudieran hacer aparte de estar presentes. Lumi descansaba con el pelo plateado desparramado por la almohada; tenía facciones delicadas y una piel dorada que brillaba bajo la primera luz del día.

—Psst…

Elyra giró la cabeza hacia la puerta. Kyra la esperaba allí, sosteniendo una taza de arcilla roja que desprendía el aroma penetrante y terroso del Bosque Viejo. Con un gesto seco, le indicó que saliera para dejar dormir a Lumi. Caminaron por el pasillo corto en silencio hasta la estancia principal, que aún seguía bañada en sombra por el resplandor de la madrugada que iba muriendo lentamente.

—¿Has descansado algo, al menos hasta que empezó el sueño? —preguntó Kyra mientras empezaba a organizar la cocina ya limpia y ordenada.

—Muy poco. Estaba tan agotada que me desplomé, pero en cuanto cerré los ojos ya estaba en el bosque otra vez. Hacía un frío real, Kyra —contó Elyra entre sorbos, intentando pescar algún detalle nuevo en su memoria, estos se iban apagando lentamente—. Esta vez había unos ojos. Me miraron directo, como si supieran que yo estaba ahí, observando desde la distancia. Me vieron por dentro. Querían decirme algo.

Elyra se estremeció al recordar ese brillo dorado y vibrante. Kyra detuvo sus movimientos en seco. Se quedó quieta, apoyada en la encimera de piedras azules y amarillas, procesando la información. De repente, con una energía nerviosa, empezó a limpiar el área de trabajo con decisión.

—He pensado que deberíamos visitar a la abuela —sentenció Kyra mientras empezaba a trabajar una masa de pan—. Ella sabrá qué decir, o tendrá alguna mezcla que logre bloquear esos sueños. Necesitamos entender qué está provocando estas… ¿visiones?

Kyra hundió las manos en la masa con fuerza, buscando orden en el caos.

—He probado de todo y nada funciona. Han pasado seis meses, Ely. No podemos esperar a que se detenga solo. Ningún sueño puede ser tan realista sin consumirte por dentro, los sueños nos traen muchas cosas, buenas y malas, y nada bueno puede salir de ese en particular.

—No podemos cerrar la botica tantos días, ni dejar a Mó sola con todo el caos —se quejó Elyra. Sabía perfectamente que sus hermanas no la dejarían viajar por su cuenta si lo propone. Son unas sobreprotectoras pesadas, pensó, aunque una parte de ella agradecía el gesto.

—¿Cómo que no? Es nuestra botica, nosotras dictamos las reglas —replicó Kyra, descargando un golpe contra la masa que hizo vibrar la encimera—. Solo serán un par de semanas. Dejaremos los encargos urgentes listos y Mó solo tendrá que despachar los pedidos diarios. No se va a morir por eso, problema resuelto.

—A mí me encantaría ver a la abuela. Aunque seguro nos monta un número dramático por haber tardado tanto en visitarla —dijo una voz cantarina a sus espaldas.

Lumi apareció con esa elegancia innata que no parecía requerir esfuerzo ni para caminar. Rodeó a Elyra con un abrazo por los hombros, transmitiéndole un apoyo silencioso pero firme. No aceptaban réplicas; eran las mayores y el asunto estaba zanjado.

—Tendremos que trabajar sin descanso los próximos días para dejar el inventario al día —advirtió Elyra, visualizando la montaña de frascos y etiquetas que las esperaba.

—Pues mejor empezamos ya —sentenció Lumi con una palmada al aire que pareció espabilar el ambiente. Kyra soltó una risotada que retumbó en las paredes de piedra y madera pintadas de verde bosque y azul de las profundidades de la fosa.

—Ya me adelante y le mandé una misiva a la abuela. Sabe que vamos,— las tres hermanas intercambiaron miradas. Nunca sabían el humor que podría tener su abuela, el de una profesora de dones que no acepta tonterías, o una querida y anciana curandera.

Elyra no se sorprendió de que Kyra hubiese tenido todo planeado antes de siquiera contarlo. Sus hermanas siempre iban un paso por delante cuando se trataba de logística familiar y cuidarse unas a las otras. Aunque el trayecto hasta las Tierras Bajas del Lago se antojaba agotador y eterno, sabía que no tenía escapatoria.

—Muy bien, aprovechemos la luz de la madrugada para recolectar —dijo Kyra, observando el horizonte tras la pequeña ventana de la cocina tenía una hermosa vista al bosque viejo, que ahora daba la impresión de estar durmiendo plácidamente —. Es el momento exacto para la Mirtira gris.

—Hay que moverse rápido antes de que el sol las calcine —añadió Lumi, siguiendo la mirada de kyra, contemplando la belleza que los rodeaba siempre estaban muy conscientes de la presencia de la naturaleza que respira y vibra como el ser vivo que es — Bien andando — salió de la estancia como una ráfaga de viento.

—¿Ely? —preguntó Kyra al notar el silencio de su hermana—. ¿Sigues aquí con nosotras?

—Sí... solo estoy cansada —respondió en un hilo de voz. Apoyó la mejilla en la palma de la mano mientras deslizaba la taza de arcilla roja sobre la mesa, trazando círculos distraídos.

Kyra asintió con un brillo de pesar en sus ojos verde bosque, ese rasgo familiar que las tres compartían. Cuidaría a sus hermanas de todo mal hasta de los sueños.

— Oye? — Elyra levantó la vista lentamente de la infusión que aún humeaba, dentro de la taza para enfrentar el dulce rostro de su hermana — todo estará bien ?entendido? ya verás como la abuela tiene la cura y luego nos reñíra por … cualquier cosa— Kyra sonrió tratando de tranquilizar a Elyra— Ve a prepararte. El desayuno estará listo en un par de minutos, estas de suerte preparare, tu pan favorito.

Elyra forzó una sonrisa que le tensó los músculos del rostro. No quería preocuparlas más; quería convencerse a sí misma de que aquello era solo unos sueños persistentes, una mala pasada de su mente y no algo oscuro germinando bajo la superficie que podría consumirla o peor una premonición de algo terrible.

Se alistaron rápido y comieron entre silencio y conversaciones vagas, disfrutando del pan caliente de semillas. Debían internarse en el Bosque Antiguo antes de que la luz se filtrara con demasiada fuerza a través de la vegetación. Si el calor quemaba los hongos, tendrían que esperar un ciclo lunar completo para que volvieran a brotar y ni el don de Elyra los podía hacer crecer antes de tiempo. Aquel bosque era un territorio indómito increíble que estuviera atrás de la casa; no era suyo, pues el bosque, la naturaleza, los ríos y playas no eran propiedad de nadie. Su hogar era la única estructura que la naturaleza aún no había reclamado en aquel rincón lejano de la capital.

El Reino del Continente del Páramo era un desafío para los sentidos: un archipiélago de formaciones rocosas colosales que emergían de un mar infinito sin fin ni comienzo. La vida se había moldeado a los caprichos de la piedra. Los habitantes ocupaban las escasas llanuras en las cimas o, en las zonas más escarpadas, habían excavado sus hogares directamente en el corazón de la montaña cientos de siglos atrás. Cientos de estas islas flotantes de roca y vegetación permanecían unidas por puentes de piedra, arcos vertiginosos hermosamente tallados que desafiaban la gravedad sobre el abismo y se erguían por encima de extensos ríos zigzagueantes, abismos infinitos con cascadas ruidosas y mar kilometros y kilometros de mar profundo, azul y temperamental.

En el centro de todo se alzaba la montaña principal, el trono de los antiguos gobernantes. Seres de eras pasadas que alguna vez vigilaron los límites de los continentes que alguna vez estuvieron unidos. Su templo, construido en una roca blanca que emitía un brillo espectral propio, era visible desde cualquier punto del reino. Pero los reyes protectores se habían marchado hacía eones, dejando a los mortales y seres vivos a cargo de sus propios asuntos y legándoles dones mágicos naturales que variaban según su linaje y lugar de nacimiento.

Las hermanas poco sabían de la magia de tierras lejanas; el Páramo era un continente tan vasto y sus fronteras tan peligrosas que salir de allí parecía una misión imposible. Pero no sentían curiosidad por el horizonte. Su pasión era la alquimia de lo cercano: el estudio de las plantas, los ungüentos y la sutileza de los hechizos naturales que habían heredado de sus antepasados, o eso pensaban.

Elyra estudiaba mucho para ser una gran curandera como su abuela, sentía que al compartir el mismo don tenía la responsabilidad de ser igual a ella la mejor curandera de las Tierras Bajas, Kyra quería mantener a flote la botica de su familia por otras cientos de décadas màs, y Lumi con su espíritu libre aún luchaba por encontrar su lugar en el continente.

Caminaron por los senderos que morían en el bosque. Sus pies descalzos lucían pulseras de plata y oro que emitían un tintineo rítmico con cada paso. Vestían túnicas ligeras de color marfil sobre faldas verde bosque que se ajustaban a sus caderas. En el torso llevaban exquisitas telas cruzadas con elegancia, diseñadas para abrigar durante la brisa gélida de las alturas y refrescar cuando el sol del Páramo se volvía inclemente. En sus brazos, las marcas místicas de nacimiento brillaban con una identidad propia adornadas con delicadas y finas cadenas de cuentas que descansaban por todo el cuerpo.

Cuando la luz empezó a tener dificultades para atravesar las copas de los árboles sabían que ya estaban en lo más profundo del bosque, Lumi se detuvo ante un ejemplar tan alto que parecía sostener el cielo. Sus raíces formaban túneles de madera retorcida por los que se podía cruzar con una leve inclinación.

—¡Allá! —exclamó Lumi con una sonrisa, señalando una rama elevada—. ¡Hay muchísimos hongos!

Soltó un grito de entusiasmo corrió para aproximarse aún más, dejó la cesta sobre la hierba húmeda y se despojó de la túnica superior con agilidad.

—Hasta cierto punto es tierno que creas que todas tenemos la misma vista que tú, Lumi —dijo Kyra, sentándose en el suelo y dejando que sus hermanas se encargaran mientras observaba cómo se preparaban para trepar el enorme tronco para ella era un trabajo pero para sus hermanas era pura diversión.

—¿Lista? —preguntó Lumi entusiasta, viendo cómo Elyra dejaba sus cosas en el mismo lugar.

—Aquí voy —contestó ella. El mal humor de la mañana se disipó ante la perspectiva de pasar tiempo con sus hermanas y, por qué no, humillar un poco a Lumi en una competencia de ascenso.

Sin más preámbulos, Lumi inició la escalada. Se impulsaba con ráfagas de viento que invocaba con una gracia instintiva, dictando un baile de elegancia pura mientras trazaba saltos imposibles de una rama a otra. Elyra, en respuesta, invocó la voluntad del bosque; bajo sus dedos, pequeñas protuberancias de madera brotaban del tronco, manifestándose como una escalera de fibra viva que desafiaba la gravedad. Ambas ascendían entre risas etéreas, una danza vertical por ver quién coronaba primero aquel árbol ancestral.

Lumi saltaba con ligereza entre los escasos puntos de apoyo que el noble ejemplar conservaba en su zona media. Elyra, desde su posición, notó cómo las ramas naturales se le agotaban a su hermana; era la oportunidad perfecta. Aunque el afecto mutuo era el cimiento de su unión, ninguna de las dos podía negar la vibrante competitividad que corría por su sangre de herederas del Páramo.

Concentrada, Elyra continuó tejiendo su senda de madera, acercándose con saltos ágiles hasta que solo cuatro metros la separaban de su objetivo: los hongos Mirtira gris. Los especímenes crecían apiñados en la penumbra de las hojas, protegidos de un sol que, de alcanzarlos, marchitaría su delicada piel en segundos. Con un gesto preciso, Elyra hizo brotar una rama lo suficientemente alejada de ella y cercana a los hongos para alcanzarlos con un último impulso.

Sin embargo, justo cuando se preparaba para el salto final, una ráfaga de viento súbita y poderosa la golpeó de costado, quebrando su equilibrio. Una figura elegante pasó zumbando sobre su cabeza, acompañada de una risa que resonó como el tintineo de campanas de plata. Lumi, astuta, había esperado el momento exacto en que su hermana generara el apoyo sólido para usarlo como plataforma y, con el impulso del aire, reclamar la victoria.

—¡Oye! ¡Eso es trampa! —chilló Elyra, aferrándose al tronco mientras veía a su hermana acomodarse triunfal en la rama madre—. ¡Me has usado de escalón! Bruja.

Con un último esfuerzo, Elyra trepó hasta sentarse a su lado.

—Eso no cuenta —añadió, dándole un empujón brusco en el hombro. Sabía que el equilibrio de Lumi era sobrenatural y que no caería, pero necesitaba desahogarse.

—Me dejaste el camino libre, ¿qué querías que hiciera? ¿Desaprovechar el regalo? no vayas a llorar —contestó Lumi entre risas cristalinas, ignorando el fingido enfado de la menor.

El esfuerzo del ascenso había teñido las mejillas de ambas con un rubor encendido que resaltaba bajo su piel bronceada, esa marca distintiva de su herencia y su conexión con la magia elemental.

—¡Oigan, ustedes! ¡Apresúrense! —la voz de Kyra llegó hasta ellas como un murmullo transportado por una corriente térmica. Desde esa altura, su hermana mayor no era más que un punto diminuto sobre la tierra firme.

—¡Esto es explotación! ¡Pienso quejarme al Consejo! nunca sueltas el látigo —bromeó Lumi. Susurró las palabras al viento, confiando en que el aire llevaría el mensaje directo a los oídos de Kyra. En las Tierras Altas, el viento solía transportar recados y secretos, aunque a veces, por puro capricho, decidía entregar el mensaje a la persona equivocada.

—Con tu permiso —murmuró Lumi, dirigiéndose al espíritu del árbol con un toque de respeto antes de arrancar los hongos que tanto esfuerzo les habían costado—. Ely, sujeta estos.

Elyra acunó los delicados ejemplares en el regazo de su falda, tratándolos con la reverencia que exigía su fragilidad. Eran fríos al tacto, casi como si guardaran el rocío de la noche anterior.

—Bien, creo que con estos quince es suficiente, no quiero arrancar todos de una vez  —concluyó Lumi después de unos minutos de cosecha cuidadosa y dejando cientos de hongos bien protegidos del terco sol que no paraba de entrar al bosque.

—Podremos fabricar muchos ungüentos —sonrió Elyra, satisfecha de completar los encargos. De un salto ágil se puso en pie—. Te veo abajo.

Sin más, inició el descenso. Se dejaba caer con precisión sobre las ramitas que había creado al subir, desvaneciéndolas con un pensamiento justo después de abandonarlas. Cuando apenas le faltaban unos metros para tocar el suelo, sintió un vendaval salvaje pasar a su lado. Lumi se había lanzado al vacío desde lo más alto, frenando su caída únicamente con el dominio del viento. Elyra solo alcanzó a ver el destello de una melena plateada alborotada y el ondear de las capas de ropa mientras su hermana gritaba con puro júbilo.

Una vez en el pasto, Elyra depositó los hongos con delicadeza en la cesta de mimbre.

—Por lo menos esta vez has saltado donde no había ramas y no te has rasgado las vestiduras, creo que el bosque está cansado de verte semi desnuda —comentó Kyra, con una mezcla de cansancio y diversión. Lumi siempre era así: una fuerza salvaje y casi indómita.

— Viste que saltó más limpio; siempre aprendo de mis errores, y ese árbol no se cansaría de ver me semidesnuda jamás  —replicó Lumi, seãlando a un arbol cualquier, arqueando una ceja con gesto juguetón mientras se ajustaba la túnica, y alisaba su falda con las manos.

—Bien, ya tenemos todo lo que nos hacía falta, esto es bueno, no dejaremos ningún encargo sin terminar—sentenció Kyra, encabezando la marcha hacia el pueblo. — Si nos enfocamos podremos terminar todo en menos tiempo — Lumi y Elyra intercambiaron una mirada rápida. No necesitaron palabras; el terror compartido ante la eficiencia implacable de su hermana mayor era un idioma que ambas dominaban a la perfección. 

En el Páramo, la botica no era un lugar de milagros, sino de mantenimiento. Los herreros solían subestimar el temperamento de su don de fuego y terminaban con los dedos carbonizados, y siempre había algún animal de carga con más mal genio que paciencia. La magia de las curanderas no se malgastaba en tonterías banales; era el último recurso, el filo de la espada. 

La botica de las hermanas era pequeña solo suministraba a una área pequeña del pueblo, habían muchas boticas regadas en el territorio del Páramo, un oficio noble que era heredado por generaciones.

Las hermanas avanzaron por el sendero del bosque, observando cómo el sol se adueñaba de cada rincón oscuro. Pasaron frente a su cabaña y cruzaron la amplia pradera floreada, alejando con su presencia a algún animal curioso, escuchando el aleteo feroz de grandes águilas y pájaros antiguos que surcaban los cielos dueños de él. Finalmente, llegaron al majestuoso puente de piedra que servía de umbral hacia el pueblo de la capital del Páramo.

El puente era una construcción colosal de piedra marfil, custodiada por estatuas talladas de los antiguos y nuevos dioses de las tierras del Páramo. Cada tramo narraba historias sobre la separación de los continentes, mostrando mapas antiguos detallados con incrustaciones de oro sólido y plata.

Bajo las plantas de sus pies, las sendas se desplegaban en vastas lajas de piedra caliza, cuya albura ancestral devolvía el pulso de la tierra. Los negocios, integrados con naturalidad en las laderas mismas de las montañas, exhibían detalles de madera labrada que parecían narrar historias en sus vetas. Debido al sol abrasador del Páramo Norte —aquel astro soberano que dotaba a sus habitantes de un característico bronceado áureo—, las calles permanecían resguardadas bajo grandes lonas blancas; velos de tela que ofrecían un refugio de sombra fresca y un silencio amortiguado.

Caminaban con una parsimonia liviana, hilando en su charla los preparativos del viaje hacia las Tierras Bajas de los Lagos mientras intercambiaban saludos con los transeúntes. Justo cuando alcanzaban el umbral de la botica, una voz conocida y cantarína rasgó el aire a sus espaldas:

—¡Ely!

Las jóvenes se volvieron al unísono, rompiendo la inercia del paseo.

—Es Voxy —anunció Lumi. Su vista, tan aguda como la de un halcón de las cumbres, detectaba un movimiento a leguas—. Y viene con prisa. 

—¡Voxy! —respondió Elyra, girando sobre sus talones con un entusiasmo que iluminó su rostro cuando por fin logró ver a su amiga alcanzarlas.

Voxy descendía hacia ellas por la calle inclinada, envuelta en una energía vibrante, esquivando a los transeúntes que, con movimientos ágiles, le cedían el paso. Elyra agitó las manos para saludarla; la llegada de Voxy siempre era anunciada por el ondear etéreo de su cabello plateado muy rizado y el tintineo rítmico, casi ritual, de las delicadas cadenas que adornaban sus tobillos al rozar la piedra, iba esquivando transeúntes con una agilidad que solo alguien que ha crecido entre soldados posee. 

—¡Voxy, cuidado! ¡Vas a acabar besando el mármol! —clamaban los mercaderes de frutas. Sus voces, ásperas pero empapadas de afecto, delataban la costumbre de ver a la hermana pequeña de los generales correr por aquellas vetustas calles desde su infancia.

—Aquí... están... —jadeó la muchacha, apoyando las manos en las rodillas frente a ellas. Su cabello plateado era un desorden etéreo. Sudada y sin aliento.

—¿Vienes corriendo desde el otro lado del continente o qué? —se quejó Kyra, abrió la pesada puerta de madera labrada de la botica con un empujón experto para que todas entraran al refugio aromático de la tienda.

Voxy se desplomó en el sofá de la entrada como si sus huesos se hubieran vuelto de agua. —Las vi desde el puente. Iba de camino al muelle —explicó, recuperando el aliento.  Se sentía en su propio hogar; conocía a las hermanas desde que la memoria le alcanzaba. Aunque compartía edad con Lumi, se había forjado un vínculo inquebrantable con Elyra, pues ambas eran las chicas más dotadas de todo su ciclo y la dejaban practicar sus dones juntas.

—¿Y qué ibas a hacer al muelle? —preguntó Lumi, acomodando con manos expertas las cestas de mimbre en la base del mostrador con rafaga de vientos No las tocó; simplemente dirigió una ráfaga de viento precisa que las depositó con un suave pum sobre la madera. —No me digas que vas a usar tus dotes con el agua para ayudar a los pescadores. Sería un detalle, la verdad. —añadió con una sonrisa. Voxy poseía el don de gobernar las aguas, y la mayoría de quienes ostentaban tal gracia solían prestar su poder para facilitar las faenas del mar a los pescadores sin dones.

—Ni hablar. Quizá cuando la panadería me aburra soberanamente —Voxy sonrió y clavó sus ojos en Elyra con una complicidad que le aceleró el pulso a esta última—. Lory me ha dicho que tiene una carta... de la Guardia del Continente. 

Elyra, que en ese instante ordenaba los delicados frascos de vidrio que custodiaban tónicos y ungüentos, se quedó gélida, suspendida en un parpadeo fuera del tiempo. Una misiva de la Guardia. Podría ser del  padre de Voxy, de su hermano Donnyx… o de Nox. Sintió un clic en su pecho, un vuelco salvaje que le humedeció las palmas de las manos. El mundo exterior —el olor a hierba seca, el murmullo del pueblo— se desvaneció, dejando solo el eco de su propio corazón golpeando contra las costillas. 

—Eso es increíble, Voxy —la interrumpió Kyra, ajena al cortocircuito interno de Elyra. Se lanzó al sofá para darle un abrazo entusiasta — Seguro es para decirte que vendrán antes a casa por tu boda con Anrem —La felicitó con un entusiasmo genuino, las dos yacían tiradas en el diminuto sofá.

Kyra había cuidado a Voxy durante años, una tarea que a veces parecía más la de un guardián de reliquias que la de una amiga. Sus hermanos, esos generales que pasaban más tiempo custodiando fronteras que pisando su propia casa, se ausentaban por ciclos tan largos que hasta el rostro de su padre era casi un mito. Solo cuando Voxy alcanzó la madurez, la familia pudo establecerse, dejándola bajo el ala de Kyra y Lory hasta que el destino decidió manifestarse. En las tierras de los continentes, nadie era un cabo suelto: nacías con unas marcas únicas, un sello sagrado grabado en la piel que funcionaba como una brújula biológica hacia tu "marca gemela". No era un hechizo de control, pero era la física del alma antigua: señalaba la marca que podía encajar con la tuya con la precisión de un engranaje perfecto una marca blanca, destellando en la piel en busca de su mitad perfecta.

Voxy había conocido a Anrem tras un viaje de dos meses al límite del Páramo, para visitar a su hermano mayor. Él, un guerrero bajo el mando de Donnyx, no se lo pensó dos veces: colgó el rango y la gloria militar para mudarse a la capital. Porque cuando la piel reconoce a su dueño, el prestigio es un precio muy barato.

—Ely, ¿quieres acompañarme al puesto de correos? —preguntó Voxy. Sus ojos brillaban con esa complicidad de "sé que te mueres por salir de aquí"—. Quiero comprar algunas cosas y me vendrían bien tus manos.

Antes de que Elyra pudiera articular una respuesta que no sonara a desesperación, Lumi intervino: —Es una idea excelente. Llévatela a caminar; ha tenido noches inquietas últimamente. Quizás le falte respirar un poco del aroma del mar o beber jugo de uva fermentada —añadió con una sonrisa sugerente que hizo que Elyra se sintiera tan expuesta como una herida abierta. Todos saben tu no secreto pensó 

—Estoy bien —replicó Elyra, aunque por dentro era un desastre. La urgencia por la carta le quemaba en el pecho, una pequeña chispa de esperanza buscando un rostro que el tiempo debería haber borrado, pero que ella guardaba bajo llave.

—Anda, ve. Nosotras terminaremos los encargos; Mò debe estar por llegar —prosiguió, dándoles un empujoncito hacia la salida con esa energía imparable suya—. Diviértanse, y al regreso traigan pan fresco y queso. Del que cruje, ¿entendido?

Sin esperar réplica, Lumi cerró la puerta. El clac de la madera contra el marco fue seco y definitivo, dejándolas en el umbral. Voxy soltó una risita encantada por la dictadura amable de Lumi.

—Vamos, Ely —dijo, entrelazando su brazo con el de su amiga.

Emprendieron el descenso. La calle se precipitaba hacia el muelle bajo un sol que castigaba con ganas, haciendo que el mármol devolviera un calor vibrante. El camino era un hervidero; allí atracaban las grandes embarcaciones, moles de madera reluciente y velas Blancas cargadas con promesas de las Tierras Bajas y los confines del oeste. Peregrinos con túnicas de viaje, mercaderes gritando precios de hierbas raras y jóvenes con cara de asombro que venían a estudiar las artes de los dones en los mismos recintos donde ellas habían pasado años domando fuerzas elementales.

—Debes estar muy feliz por tu boda, Voxy —comenzó Elyra, intentando que su voz no delatara el laberinto mental en el que vivía—. El tiempo ha volado, no puedo creer que te vayas a casar.

—Ni yo me lo creo —rio Voxy—. Creo que el Dios del Tiempo juega conmigo en sus ratos libres. 

Voxy ya habitaba en ese alivio de quien ha encontrado su marca. Elyra, en cambio, solo conocía el amargo dulzor de amar en la sombra, de fantasear con alguien que no figuraba en su mapa. A menudo, bajaba la vista hacia su propia marca, preguntándose quién tendría el reflejo de la suya, o si se reconocerían al instante. Le dolía pensar que a la persona a la que entregaba su devoción no era, según los designios de la piel, el dueño de su destino.

—Kyra me contó que visitarán a su abuela —soltó Voxy de repente—. Más les vale estar aquí para mi boda, Ely.

—Apenas me enteré hoy, del viaje. —rio Elyra con asombro. Sus hermanas movían hilos invisibles con la destreza de una araña—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—¿Estás loca? Lumi me habría lanzado desde el Volcán del Rey si abría la boca antes de tiempo —bromeó Voxy con una sonrisa.

—Solo será por unas semanas, volveremos a tiempo, lo prometo —aseguró Elyra, levantando una mano como quien sella un juramento antiguo—. Ya sabes cómo disfruto de las fiestas.

— Ely… ¿te encuentras bien? — la preocupación de su amiga fue evidente — No irían tan lejos si no fuera algo importante.

— Estoy bien, no es nada, en serio — la sonrisa de Elyra aunque genuina ocultaba tantas preocupaciones que ni ella misma sabía por dónde empezar, cómo explicar.

—Más te vale, eres mi única amiga — La sonrisa de Voxy era cálida, pero bañada de una amarga preocupación — Además tienes que cargar mis flores, no creerás que dejaré a alguien más esa tarea — El cambio de tema fue evidente y Elyra lo agradeció. 

—No me lo perdería por nada en este mundo, créeme, primero me arranco las pestañas una a una antes de dejar que alguna de tus primas, sostengan tus flores. — Rieron juntas

La caminata se desvaneció entre el aroma a salitre y la humedad de la madera reluciente hasta llegar a los Correos, el santuario de las misivas. Lory, la encargada, ya aguardaba tras el mostrador la llegada de las muchachas.

—Chicas, alud —las saludó Lory con una sonrisa que encendió sus pecas, salpicadas como estrellas en un rostro que siempre parecía estar bajo la luz del atardecer—. Las atenderé de inmediato.

—Seguro, Lory, no te apures —respondió Voxy. Dejó que su mirada vagara por los estantes de madera que parecían levitar hacia el techo abovedado, decorado con mapas exquisitos de las Tierras del Páramo que parecían cobrar vida bajo las sombras. Aquel lugar custodiaba secretos: paquetes envueltos en papel basto, otros en telas finas que olían a especias lejanas, algunos protegidos con sellos de lacre intactos y otros maltratados por el viaje. Había cartas de un papel marrón severo y otras de colores vibrantes como gemas pulidas. La oficina era un hervidero de almas, y ese día no era la excepción a pesar de la multitud que allí trabajaba, Era una marea de pergaminos inabarcable que pondría a prueba la cordura de cualquiera.

—Eh, Voxy —susurró Lory desde el mostrador de piedra tallada, donde el relieve de la piedra mostraba botes mensajeros que parecían navegar sobre las vetas. Deslizó la carta con un sigilo que rozaba lo conspiranoico. El papel arcilloso, de una textura densa y mineral, lucía el sello real de la Guardia. Un pegote de lacre que gritaba «importancia» a kilómetros.

—Gracias, Lory, eres la mejor —respondió Voxy a la mujer que, además de ser la marca gemela de su hermano Donnyx, era la única razón por la que el correo llegaba a tiempo—. Nos vemos en la cena.

—Llevaré la mejor pesca del día —le guiñó un ojo, antes de fijar su atención en Elyra—. Por los dioses, por poco no te reconozco, Elyra. Estás… muy cambiada, solo han pasado meses desde la última vez que te vi.

—Tal vez sea que finalmente he comenzado a crecer—rio ella. Su cuerpo se había vuelto curvilíneo, ganando una elegancia que todavía le resultaba extraña; su cabello, una cascada de trenzas que le llegaba a la cadera, parecía desafiar la gravedad, adornados por hilos dorados de una magia tan sutil que se sentía como una extensión de su propio sistema nervioso.

—Has perdido esa expresión infantil, no hay duda —añadió Lory, y su voz tenía ese peso cálido de quien analiza la maduración de una fruta.

—¡Oye, que aún soy joven! —se quejó Elyra, fingiendo una ofensa que no sentía. 

—Lo eres, nuestras vidas son muy longevas asi que lo seguiras siendo por mucho tiempo —sentenció Lory. Sus ojos castaños brillaron con ese destello de quien custodia un saber oculto.

Al salir al exterior, donde el aire olía a salitre, y hierbas aromáticas, Elyra sintió la mirada de Lory clavada en su espalda. Era una sensación de hormigueo, como si un rastro de algo no dicho se le hubiera quedado pegado a la ropa.

—¿Por qué siento que Lorry siempre quiere contar algo y no puede? —preguntó mientras se sentaban en un pequeño muro del muelle. La piedra caliza estaba caliente bajo sus palmas, devolviendo el pulso térmico del mediodía.

—Seguro es una promesa de lealtad —especuló Voxy, balanceando las piernas—. Tiene una marca roja en la muñeca que oculta muy bien; la he visto seguro que son asuntos de la Guardia que mi hermano le habrá contado. Donnyx no puede mantener la boca cerrada y ocultarle cosas a Lorry. —Voxy sonrio con complicidad entendía perfectamente. Elyra que tenía la mirada perdida en el horizonte analizo las palabras de su amiga, las marcas gemelas tenían dificultad en ocultarse secretos, así sean insignificantes — así es — Repuso Voxy contestando los pensamientos no dichos de su amiga — Pero olvida eso ahora… veamos de quién es la carta.

Voxy rompió el sello con un crujido seco. Elyra dejó de mirar el horizonte; el mar, con sus reflejos de zafiro, dejó de existir. Solo estaba ese trozo de papel arcilloso y el galope salvaje de su pulso golpeándole las costillas. Respira, Elyra. No seas un desastre, se ordenó mentalmente.

—Dioses... con que es de Nox, recordó cómo escribir —exclamó Voxy. El entusiasmo en su voz fue como una descarga eléctrica. Era el hermano que menos escribía, el que siempre parecía estar un paso más allá del alcance de todos, Voxy miró a Elyra rápidamente para comprobar si su amiga seguía en este plano de vida, y prosiguió con la revelación.

La carta olía débilmente a cuero y a un tipo de resina que solo se encontraba en las tierras fronterizas, Voxy se aclaró la garganta y con voz firme y teatral leyó la carta en voz alta para que su amiga que yacía a su lado con la el corazón en la garganta escuchara noticias del General Nox.

“Querida Voxy,

Espero que todo marche bien en casa. Perdona el silencio; ya sabes que Donnyx habla por los dos. Me he mantenido bien informado de todas tus andanzas, he estado ocupado pero espero que sepas que no me perdería tu boda por nada; estaré allí. Todavía no sé cuándo zarpó, pero cuenta conmigo. Por aqui esta todo en orden, he recolectado algunas cosas en mis viajes que te gustarán. Me alegra saber que terminaste el ciclo de aprendizaje de los dones en el templo, y que quieres seguir asistiendo; siempre supe que tú y Elyra eran las más talentosas de su ciclo, por favor enviale mis saludos. No dejes de escribirme querida Voxy y cuéntame siempre de tus aventuras con ella, es agradable leer tus cartas, cuando estoy en las fronteras tan lejos de casa, espero con ansias nuestro reencuentro. Con cariño, Nox.”

La voz de Voxy había perdido su tono juguetón del inicio y se había vuelto un susurro anhelante, extrañaba mucho a sus hermanos. Elyra sintió que el mundo se detenía. Cuéntame siempre de tus aventuras con ella. Esas seis palabras se instalaron en su mente, repitiéndose en bucle. Su nombre en su caligrafía, escrito por su mano, bajo el sello de la Guardia. Era una conexión invisible, un hilo de energía que la unía a un hombre que estaba a leguas de distancia, pero que en ese momento se sentía sentado justo a su lado en aquel muro de piedra.

Voxy terminó de leer con una sonrisa que brillaba más que el reflejo del sol sobre las olas. Miró de reojo a Elyra, cuyas mejillas habían pasado de un tono áureo natural a un carmesí febril, como si un pequeño hechizo de ignición se hubiera activado bajo su piel.

—Qué alegría. Seguro que estás animada —soltó Elyra, aunque le hablaba más al viento salado que a su amiga.

—Lo estoy —respondió Voxy, escrutando el rostro de su amiga con la precisión de un grabador de runas. Sabía leer a Elyra mejor que cualquier mapa del Páramo; sabía que ese desinterés fingido era un escudo de cristal a punto de romperse. Elyra amaba a Nox desde que tenía uso de razón, incluso cuando él solo la veía como la " Querida amiga de su hermanita pequeña" que siempre andaba entre sus pies—. ¿Cómo te sientes tú?

—¿Yo? Estoy perfectamente. ¿Por qué lo preguntas? —Elyra la miró y sus ojos verde bosque centellearon con una intensidad que delataba el caos interno. Genial, Elyra, actúa normal. Nada dice "estoy superándolo" como tener las pupilas dilatadas y la voz un octavo más aguda de lo habitual.

—Han pasado diez años desde la última vez que lo viste, Ely. diez.

—¿Y eso qué tiene que ver? —le restó importancia con un gesto vago de la mano, riendo intentando que el temblor de sus dedos pareciera un tic por el exceso de tè de hierbas—. Ya no soy aquella adolescente con hormonas efervescentes. Ha pasado una eternidad. ¿De verdad crees que aún me gusta... tu hermano? já, Me alegra que no haya muerto en una zanja fronteriza, es todo.

Su risa sonó ligera, pero fue una nota discordante que chocó contra el bullicio rudo del muelle, donde los marineros soltaban palabrotas que harían sonrojar a un dios antiguo mientras descargaban barriles con un pum pesado sobre la madera y los mercaderes siguian ofreciendo sus productos.

—Sí, claro. Superadísimo. Lo tienes bajo control —le siguió la corriente Voxy, rodando los ojos con un dramatismo que casi se sentía como una agresión física. Veía la alegría y el terror peleándose por el territorio en las pupilas de su amiga—. Ven, vayamos de compras antes de que me crezcan raíces aquí. El señor Fausto va a pedir mi cabeza si me ausento más; la panadería se convierte en un campo de guerra absoluto a la hora de la comida.

Voxy se puso en pie con un ímpetu exagerado, haciendo que sus cadenas de plata soltaran un tintineo frenético contra la piedra del muro.

—Me sorprende que aún te deje trabajar ahí —puntualizó Elyra, agradecida por el cambio de tema. Conocía bien la estrategia de Voxy: desaparecer en las horas muertas y reaparecer, en la hora justa como una heroína de leyenda, justo cuando la marea de clientes amenazaba con hundir el local—. Eres la empleada más ineficiente y, a la vez, la única que evita que Fausto se tire por un barranco cuando hay fila para los bollos de miel.

— Tengo un Don… además del agua — rio Voxy.


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